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EL SOLITARIO DE LA VEGA REAL

POR UNA SOCIEDAD MEJOR DE PAZ, ARMONIA, AMOR Y COMPRENCION

12 Junio 2009

La Vega de Entonces, vista por Federico García Godoy, en 1908, en su Obra Rufinito,

 

La  Vega  de Entonces, vista por Federico García Godoy, en  1908, en su  Obra Rufinito,

Rufinito, fue la primera novela  de tema patriótico de Don Federico García Godoy lanzó al inmenso valle de la literatura mundial, la primera edición  fue en 1908, por la Imprenta La Cuna de  América de Santo Domingo y la segunda en 1912, prologada por Federico Henríquez  y Carvajal           

En la época en que  principia este relato, hace casi exactamente sesenticuatro años, era muy reducida, algo menos de la mitad de la actual, la zona que ocupaba el caserío de La Vega. Esta era  una extensa aldea con honores de ciudad. Con excepción de una todas las casas estaban fabricadas  con maderas criollas y techadas de yaguas.

  En el centro de la plaza principal, vasto cuadrilátero hoy convertido en precioso parque de recreo, se alzaba  el altar de la patria, reducido  cuadro de mampostería de poca elevación en el cuan habían plantado los haitianos la palma de la libertad.

La tradición asegura que  debajo de ese altar había dispuesto, lo que fue cumplido, que enterraran su corazón el general Placide Lebrum, primer gobernador haitiano de La Vega. En el lado occidental de esa plaza había una casa de mampostería con ventanas de rejas de hierro recientemente reedificada, y en la `parte opuesta, frente a ella, se erguía aún, como restos salvados de un naufragio, pedazo de paredes después aprovechados para nueva construcciones, que eran  lo único que  quedaba en pie de la casa de gobierno construida en la época haitiana.

El famoso Palacio de Sangre, completamente destruido por el terrible terremoto ocurrido hacia dos años. La iglesia era también un montón de ruinas. En la vasta y silenciosa plaza, casi toda alfombrada de verde césped, había sitios donde, por causa al desnivel del terreno, formaban  grandes  charcos, parecidos a verdaderas lagunas, cada vez  que llovía copiosamente

Y hacia arriba, por la parte oriental, casi a partir de la actual calle Colon, todo el gran espacio que  va  hasta  allá de la estación del ferrocarril yacía casi enteramente despoblado y lleno de tupidos guayabales donde la chiquillería se  entregaba  con frecuencia a toda suerte  de juegos y travesuras.

Dos o tres grandes arboles, bastantes distante uno del otro, interrumpía con la  frondosidad de su ramaje la monotonía de aquella sabana de  perenne verdura. Por ese mismo lado, tirando al sur, se dilataba una ancha y profunda laguna surcada a menudos por rústicas canoas, en la actualidad completamente segada y ocupado su antiguo desplazamiento por numerosas construcciones urbanas

Algunos  bohíos, aquí y allá, ponían la nota gris de su aspecto vetusto en aquel  vasto espacio de terreno donde  actualmente se extiende la porción de la ciudad más comercial y prospera

No había por   aquel  entonces otro alumbrado que el intermitente debido al  poético satélite terrestre. Exceptuando  las noches en que las calles, siempre tapizadas de menuda hierba, recibían la suave caricia de la claridad lunar, nada, a no ser la débil luz que salía del interior de las casas o la de los hachos de cuaba con que se  alumbraban algunos transeúntes, interrumpía la  densa oscuridad reinante, aprovechada  sólo por empedernidos trasnochadores a caza de faldas o aficionados a tirar de la oreja a          Jorge.

Esta oscuridad hacía  que casi la totalidad del vecindario, salvo en ocasiones solemnes se acostara a las nueve o antes, la  hora ritual,  algo parecido al toque de queda estilado en las plazas fuertes y de tan solemne resonancia  en la vida uniforme de ciertas ciudades medievales.

El capitulo de diversiones, como es de suponer era bastante reducido. Las concurridas riñas de gallos entonces en todo  su apogeo, las excursiones a caballos a campos cercanos siempre  con motivo de alguna boda o las fiestas de la Virgen de las Mercedes que se celebraban  con mucha animación en el Santo Cerro, los nueve días de fiestas patronales, y unos que otro baile que de higo  a  brevas llevaba a cabo la juventud y aún  algunos que a ella no pertenecían, con la música  que se pedía oportunamente a la ciudad de Santiago, formaban todo el repertorio  de expansiones del vecindario

No  escaseaban, tampoco las reuniones de íntimos en que se hacían los honores a suculentos sancochos de gallina, se  charlaba hasta  por los codos y  resonaban a menudos las notas acompañadas de cuatro  y la guitarra.

 Era  en todo y por todo una ciudad sencilla y tranquila, de ambiente más campesino que urbano, de costumbres sanas, de hábitos un  si es no es primitivo, sin horizontes, sin vigorosos sacudimientos, en el  que cualquier suceso local  de tinte más  o menos escandaloso, como una alcaldada o un  hurto de cierta importancia, un adulterio consumado o en  pasas o el rapto  de alguna  garrida muchacha del campo, formaban, por su rareza, el  obligatorio tema de permanente decires y comentarios manteniendo en tensión extrema la curiosidad del vecindario hasta  que el hecho  palpitante era relegado al olvido por otro igual o parecido.

Imperaba  por o demás viva y sincera cordiali9dad en todas las relaciones de las diferentes clases sociales, cosa que  felizmente puede constatase hoy mismo.

Nadie se ocupaba de sembrar la  cizaña entre  vecinos siempre unidos por estrecho vínculo de confraternidad, no obstante las inevitables diferencias de jerarquía social que los distanciaban hasta cierto punto.  Ni  aún el personalismo  político, intolenrantísimo de suyo, que ha privado siempre en el país, ha podido, con ser disolvente de tanta  potencia, hacer prosperar gérmenes de  desunión en la sociedad vegana, abriendo abismos de rencor u odio entre sus  componentes como ha resultado en otras partes.

En la extremidad oriental de la población, no lejos dela laguna  que existía  por aquel lado y cerca del Mercado Nuevo, estaba el bohío  en que vivía José Rufino o Rufinito que es el nombre con que desde hace muchos años se designa generalmente el protagonista de este verídico relato.

 

 

 

 

 

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Mi nombre es Ubaldo Solís Ureña, periodista, resido en la ciudad de La Vega, República Dominicana, me desempeño en las relaciones públicas del ayuntamieinto de este municipio, soy dirigente en mi ciudad del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP), encargaado de comunicacion de la Red Municipal Comunitaria, y del Control Ciudadanos de la Justicia Vegana ( COCIJUVE)

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